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La vida irreal de Salvador Leal

Acapacapulco II

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En el capítulo anterior, habíamos dejado a nuestros protagonistas en su «hotel» marca ‘Y tu mamá también’ acompañados de una colonia de cucarachas habitando en el «baño» de su «cuarto».
La tarde había sido larga y complicada así que decidimos ponernos nuestros respectivos trajes de baño y larganos a la playa (nótese que toda la travesía buscando posada nos la pasamos vestidos de defeños, es decir, usando cosas que no se usan en Acapulco como calcetines, pantalones de pana y playeras de manga larga).

Aquí hago un pequeño paréntesis.
Hace mucho tiempo, cuando yo estaba en la secundaria y era diez veces más ñoño de lo que soy ahora, mi única referencia a Acapulco era la de un anuncio que salía en la revista Eres (en estos momentos me imagino la cara de todos los que leen esto y veo una mueca de disgusto… lo siento, pero ¿quién no leyó alguna vez la revista Eres durante algún oscuro momento de su adolescencia?).
Este anuncio era una página entera que estaba dividida a la mitad. La parte de la izquierda era de color gris rata y tenía una foto de unos estudiantes de preparatoria/universidad levantándose de los asientos de su salón. Abajo decía: «AQUÍ: Viernes 1pm, Ha sido una larga semana de exámenes y todos tienen ganas de salir de la rutina».
La parte de la derecha del anuncio era de cálidos colores naranjas y rojizos con la foto de los mismos estudiantes jugando volleibol en la playa. De la misma forma que la otra foto, abajo decía: «ACA: Viernes 5pm, Unas cuantas horas después, están disfrutando en la bahía más famosa del mundo».

Era un anuncio del gobierno del estado promocionando la recién inaugurada Carretera del Sol que conectaba a la Ciudad de México con Acapulco y que permitía pasar, en muy poco tiempo, de AQUÍ a ACA. Para un ñoño sin amigos como yo, ese anuncio era tan anhelado como imposible.
Y digo que hago ese pequeño paréntesis porque ahora, cada vez que me voy en ese plan a Acapulco y que llegamos a sentir la arena en los pies acompañados de una deliciosa cerveza helada, no puedo dejar de pensar que estoy satisfaciendo con creces al chavito de 15 años que soñaba desesperadamente con salir de la rutina opresiva de la secundaria.
Fin del paréntesis de sillón de psicoanalista.

El asunto es que, imaginen a cuatro capitalinos color blanco paredes de oficina gubernamental caminando a las diez de la noche rumbo a una enramada en la playa con una hielera y bolsitas de papas en cada mano. Sólo que Daniel-san nos tenía preparada una sorpresa. De una bolsa que traía cuidadosamente bajo el brazo, sacó una caja con fichas y dos decks de cartas.

Daniel-san: ¿Tons qué? Un póker, ¿no?

No sé los demás cómo se sintieron, pero para uno que lo más sofisticado que ha jugado con cartas es ‘Manotazo’, jugar póker con alguien que trae hasta fichitas es algo intimidante…. y peor aún, jugar apostando con dinero de verdad cuando a lo más que he llegado es a apostar con frijolitos, es tener una gran probabilidad de que en diez minutos pierdas todo el presupuesto que tenía pensado para sobrevivir en Acapulco.
Así pues, con cara de vaca rumbo al matadero, comenzó el póker y, en un tiempo récord, perdí tres cuartas partes de todo mi dinero.

No sé si Daniel-san tuvo compasión de mí, o simplemente quería expriminos más de lo que ya de por sí nos estaba exprimiendo, pero decidió que cambiaríamos a un juego denominado ‘Puerca’. En este juego se reparten 3 cartas a cada uno de los jugadores y los jugadores ponen al centro una cantidad X de dinero, éstos ven en sus cartas si tienen algo que valga la pena (lo máximo que se puede tener es tercia y, por probabilidad, es casi imposible lograrla) para después sostener las cartas boca abajo en un ‘momento de la verdad’. Aquí todos cuentan hasta tres y quien suelta las cartas, significa que no tienen nada y que no siguen en el juego mientras que, quienes continúan sosteniendo sus cartas, creen que tienen algo que vale la pena.
Si sólo uno mantiene sus cartas, esa persona se lleva toda la lana (no importando si tiene o no tiene algo de valor).
Si dos o más mantienen sus cartas, se abren las cartas y el que tiene la mejor jugada se lleva la lana mientras que los que pierden ponen, los dos, la misma cantidad que había al centro (es decir, se multiplica la bolsa en una sola partida en función de los perdedores)
Si nadie mantiene sus cartas (osea, tienen miedo de perder lana), se abren todas las cartas y el que tenga la mejor jugada, de castigo por maricón, pone la cantidad que había al centro (es decir, también se multiplica la bolsa pero ahora en función de la gallina que no quiso jugar).

Cualquier colega economista o estudiante de economía de segundo semestre se puede dar cuenta de lo bonitamente aplicada que está la Teoría de Juegos en la ‘Puerca’ (para ver qué diablos es la teoría de juegos, aquí) y por supuesto, aquí su servidor recuperó en una hora lo que había perdido y veinte minutos después, justo antes de terminar de jugar para evitar mayores conflictos de los ya creados, gané doscientos pesos más.

Los siguentes días evitamos a toda costa volver a sentarnos a jugar cartas con dinero de por medio, por lo que nos dedicamos a realmente descansar de todos los trajines que la vida citadina puede traer. Comimos hasta reventar, bebimos como se debe, descansamos, debrayamos, leímos y platicamos. No sé cuál es el plan que ustedes suelen seguir cuando van a la playa, pero en lo personal, yo prefiero sentarme a la sombra de una palmera con un Zubrowka en la mano derecha y un libro en la mano izquierda e interrumpir de vez en cuando la lectura para disfrutar de la vista que te puede otorgar una playa. En esta ocasión, este fue el mood de todos y la actividad más física que realizamos fue volar los papalotes que traía Peter.

Nuestra lista de libros, para aquellos que quieren saber qué lee el ‘Shark Squad’ cuando se larga con la intención de invadir Acapulco es la siguiente:
– «Les Relations internationales depuis 1945: Histoire thématique, vingt-sept questions«, de Emille Llorca (se lo prestaron a Peter pero pertenece a mi colección personal de «Libros que nunca leí gracias al horrible título que tenían»)
– «La Cultura: Todo lo que hay que saber«, de Dietrich Schwanitz (este era el que yo llevaba y el que traigo para ver si así se me quita lo ignorante de una vez y para siempre)
– Varios libros que sacó Taschen acerca de pintores. (esos son de Largo-Joe y los que leía eran de Egon Schiele y el de Edward Hopper)
– Y si parece que nos habíamos llevado libros de la escuela para leer en la playa, también estaba el libro de moda: «El Código Da Vinci» (creo que este también lo traía Peter, pero en un arranque de curiosidad lo comencé a leer y no lo solté hasta terminarlo)

Vuelvo a dejarlos porque al parecer hay chamba que hacer… si no es así, regreso para contarles el final de nuestro trip. Las fotos, como ya se los había dicho en el post anterior, están en la galería de SalvadorLeal.com

Written by Salvador Leal

abril 13th, 2004 at 11:32 am

Posted in vacaciones

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